*Imagen generada con Microsoft Copilot.
Philip K. Dick tiene esa habilidad de llevarme
a mundos que aún están por llegar pero que, al mismo tiempo, los siento cercanos:
mucho polvo, bastante cansancio y, sobre todo, dudas. El libro es uno
de mis géneros favoritos: un futuro distópico en una Tierra desolada y con la
supervivencia humana como telón de fondo
No estoy delante de una historia cualquiera
de la ciencia ficción sino de aquella que no provocan muchas preguntas disfrazadas
de historia, sencillas de formular, pero complicadas de responder: ¿qué nos
hace humanos?
La trama gira en torno a Rick Deckard, un ex Blade
Runner, cazarrecompensas de androides a quien encarga “retirarlos” cuando su comportamiento
se vuelve rebelde; estos, que se encuentran en Marte, fueron llevados a allí para
ayudar a la población terrestre que abandonó la Tierra buscando unas mejores
condiciones, pero algunos han escapado y han regresado a la Tierra.
Conocidos como Nexus-6, son difíciles de
diferenciar entre los seres humanos y cuyas capacidades son muy superiores. Para
diferenciarlos, deben ser sometidos a una prueba de “empatía” llamada test Voight-Kampff. Dick tomó este test como referencia y no el de
Turing porque para él era más importante la empatía que la inteligencia.
Deckard vive en una Tierra moribunda donde
los animales reales son un lujo y las personas se aferran a cualquier cosa que
les haga sentir algo. El poseer animales vivos era el certificado de no ser un
androide, demostraba tener empatía, pero las “mascotas” eran caras y escasas y
no todos podían tener acceso, por lo que se sustituían por réplicas mecánicas.
Deckard pronto descubrirá mientras persigue
a los Android que estos quizá no sean tan fríos como deberían… y que los
humanos tampoco son tan cálidos como creemos.
Me gusta cómo Dick mezcla lo cotidiano con
lo extraño. Un personaje puede estar preocupado por su oveja eléctrica, que es
básicamente un electrodoméstico con lana, y al mismo tiempo preguntarse si
todavía es capaz de sentir empatía. Esa mezcla de lo doméstico y lo filosófico
hace que la lectura me resulte extraña pero muy estimulante, es como si me
obligara a mirar mi propia vida desde un ángulo diferente.
La obra nos lleva a plantearnos la verdadera
naturaleza humana y de cómo el futuro nos hace depender de la tecnología, algo
que ya es una realidad. No es sólo una obra de ciencia ficción, es un verdadero
estudio filosófico y de comportamiento humano, incluso de cómo la tecnología en
forma de androides inteligentes, podrían llegar a plantearse, así misma, sobre
su final, es decir, su muerte cibernética.
Philip K. Dick se adelantó de una manera
sorprendente al futuro, el ser humano y a su dependencia de las tecnologías, la
robótica, la IA, internet, las redes sociales y el uso de dispositivos inteligentes.
Una gozada de libro complementada
magistralmente con algunas películas, como la de 1982 de Ridley Scott y la más
reciente de 2017 de Denis Villeneuve.
No es una novela de mucha acción, pero sí
que se convierte en un recorrido molesto e incómodo por un mundo que se parece
demasiado al nuestro en la actualidad en la dependencia tecnológica y emocional:
gente cansada, tecnología que promete más de lo que da, y una sensación de que
estamos perdiendo algo sin saber muy bien qué. Pero cuando la terminas, te
queda un regusto extraño, como si hubieras visto un espejo que no esperabas.
En resumen: su lectura me ha sacudido sin
necesidad de crear momentos de grandes explosiones. Me ha dejado pensando sobre
si la empatía es un interruptor, un músculo o un misterio. Y, sobre todo, me ha
hecho preguntar si nosotros, los humanos, seguimos soñando con algo… o si solo
imitamos el sueño de otros.
Autor: Philip K. Dick
Traducción: Miguel Antón
Editorial: Minotauro
Publicado: 2020
Páginas: 272
