Hilario J, Rodríguez
es filólogo y ha impartido clases de Lengua y Literatura en varios países de Europa
y también en Estados Unidos; cuenta con varios premios en su haber como el de Poesía
Jaime Gil de Biedma de la Asociación de Escritores Jóvenes, 1995 o al Mejor
Crítico Cinematográfico durante la Semana de Cine de Terror de Cáceres, 2007.
Estoy ante un
libro excepcional, aunque en realidad son varios libros en uno; el libro que ha
provocado en mí la misma sensación que me produjeron «La pequeña librería de
Stefan Zweig», de Francisco Uría y el «El Ruletista», de
Mircea Cărtărescu, obras breves que se leen en una tarde, pero que te dejan
una huella tan intensa que resulta imposible olvidarlas. Y más aún cuando aborda el tema
de Auschwitz, porque por mucho que leas y creas que ya lo has “visto” todo, siempre
descubres nuevos datos y detalles que te vuelven a sacudir.
«Después de Auschwitz» no es un ensayo académico ni un libro de historia; es una reflexión profunda sobre cómo percibimos el horror cuando ya no queda nadie que lo viviera para contarlo, escrita con una mezcla de lucidez y desasosiego.
Dice la
contraportada que el libro quiere ser un recordatorio de todas las personas que
puedes "ser" en el Museo del Holocausto de Washington D.C., pero también de
aquellas cuyos rostros se han perdido en las páginas infames de la Historia, contra cuyo olvido siguen luchando algunas de las mejores películas del cine.
Al entrar al
museo, te entregan un pasaporte cuya identidad es la de una víctima real del
Holocausto. Es un documento en apariencia inocente y silencioso con el que, durante
el recorrido, te planteas preguntas como esta: ¿Cómo fue la vida de esta persona,
víctima del exterminio en Auschwitz? A partir de preguntas como esta, se abre siempre
una grieta en la memoria.
Me gusta cómo Hilario
escribe sobre el Holocausto y cómo lo traslada al cine; un cine que ha
intentado representarlo en muchas ocasiones y que, por desgracia, siempre ha fracasado,
aunque lo haya abordado con respeto.
Existen
sufrimientos y realidades tan extremas que intentar recrearlos en una pantalla implica inevitablemente, falsearlos o restarles gravedad; hay cosas que no
pueden ser mostradas sin ser traicionadas, porque el Holocausto es en esencia, "irrepresentable".
Estamos ante
una obra que reflexiona y explora los hechos. Son reflexiones íntimas en las que aparecen libros como «Austerlitz» de W. G. Sebald,
«Terezín»* de Daniel Blafuks o «Los hundidos y salvados»
de Primo Levi, El autor dialoga con escritores como Jorge Semprún y con cineastas como Péter
Forgács, y se adentra el cine con «Theresienstadt»
(1944), de Kurt Gerron*** o «Shoah» (1985), de Claude
Lanzmann. Pero no es un catálogo literario ni cinematográfico, sino del
insistente planteamiento sobre si un texto o una imagen pueden sostener todo el
peso de lo ocurrido.
*Terezín (en
checo) conocido como el campo de concentración nazi de Theresienstadt.
** Falso
documental de propaganda nazi.
*** Kurt Gerron,
interno del campo, dirigió el film de manera forzada. Al término del rodaje fue enviado a Auschwitz junto
con parte de su equipo, siendo todos ellos asesinados en las cámaras de
gas.
Hilario escribe
desde la emoción, pero sin sentimentalismo; desde la meditación, pero sin solemnidades.
Es un libro que te acompaña sin estridencias y que no pretende convencernos de
nada: solo quiere hacer preguntas. Eso sí, lo hace con un estilo inquietante y
cercano que tiene algo de siniestro; una prosa limpia, precisa y sin adornos
innecesarios en la que cada frase está construida para obligarnos a mirarla dos veces.
El libro no es
una argumentación, tampoco una interpretación ni una explicación
detallada del Holocausto, eso sería imposible, sino una forma de situarse frente a
él con los ojos muy abiertos, atentamente, con humildad y con la conciencia de
que recordar es un acto quebradizo, que puede doler, pero necesario.
«Después de Auschwitz» es un
ensayo breve y perturbador, que convierte una visita a un museo en una
reflexión sobre la memoria, la identidad y el poder dejando claro cuáles son sus
límites. Su lectura abre una nueva ventana a una habitación oscura donde la luz
se hace posible, sin niebla, en silencio y con muchas preguntas; un espacio de
papel maravilloso que me ha hecho comprender lo que significó el final del
Holocausto y la manera en que trascendió al mundo posteriormente.
CITAS POR
CAPÍTULOS
Imágenes
errantes: Tanto
Blaufuks en Terezín, donde incluye una copia de «Der Fuhrer schenkt den
Juden eine Stadt» virada a rojo y a cámara lenta (alterando así su pista
de sonido), como Sebald en Austerlitz, donde describe la película como un
terrorífico experimento para borrar la realidad de ciertas imágenes, buscan en
los encuadres a dos personajes desvanecidos en la Historia con mayúsculas y que
en vida pasaron por Theresienstadt.
La vida
privada del Doctor Mabuse:
Jorge Semprún, en un acto con motivo del 65 aniversario de la liberación del
campo de concentración de Buchenwald, donde él estuvo preso durante varios
meses, reconocía que dentro de poco los últimos testigos del Holocausto habrán
muerto y se instaurará la Historia, y en adelante a las víctimas no las velarán
los supervivientes sino una serie de personajes que confían la verdad de los
hechos a la exactitud de las cifras y las fechas, al carácter pseudo científico
y no al epistemológico de toda verdad.
Entrevista
con Claude Lanzmann: Creo
que Shoah me ayudó a entender qué era el cine desde un punto de vista físico y
yo le enseñe al cien lo que era el Holocausto. Claude Lanzmann.
Entrevista
con Jorge Semprún: No todos
fueron asesinados; a muchos los sorprendió la inanición o la hipotermia o el
miedo. Y algunos muertos sobrevivieron. Les costó sentirse a salvo aun después
de que el campo fuera liberado.
Hijos sin
padres: Parafraseando
al matrimonio Straub, Huillet, la Historia siempre comienza demasiado pronto y
a menudo se habla o se medita sobre ella demasiado tarde. Sin embargo, y a
diferencia del genocidio armenio o la Guerra Civila española, el Holocausto
judío refutó muy rápidamente el silencio poético decretado por Adorno en 1949,
al decir en uno de sus ensayos que después de Auschwitz, escribir un poema es
barbárico.
Todos
mienten: Ahora que
estamos metidos en materia, no estaría mal que pensásemos en nuestras risas
mientras veíamos «Malditos bastardos (2009)» donde se revierte la
Historia con mayúsculas, convirtiendo a los judíos en ángeles vengadores (muy a
la americana y muy a lo Quentin Tarantino) y haciendo que Hitler y un buen
número de oficiales alemanes se quemen vivos en el interior de un cine.
Nosotros que fuimos tan felices: Después
de cuarenta años de dictadura franquista, en los cuales la realidad del No-Do
en las pantallas de los cines fue la mayor de las mentiras, España debería
haber sido un terreno fértil para los DJs visuales, pero a lo máximo que se ha
llegado aquí es a fabricar falsos documentales.
Entrevista
con Péter Forgács: De
igual forma que en el cine comercial se censura o autocensura, las películas
familiares que tú utilizas también establecen su forma de censura al renunciar
a la infidelidad, en ellas hay matrimonios, pero no divorcios, hay sonrisas,
pero no lágrimas…
Todas las
fiestas de mañana: Con
sus revoluciones, guerras, golpes de estado, dictaduras y exterminios, el siglo
XX se proyecta sobre nosotros como un siglo de imágenes de desaparecidos, de
personajes de una novela de Patrick Modiano en la que la identidad es un
territorio frágil e inestable.
Fuegos: También hay quienes dicen que fui
maestro de Jesucristo, a quien enseñé a escribir todos los libros como si
fueran uno solo, aunque eso yo lo hice con muchos niños y jóvenes, y cualquiera
recuerda ahora mismo sus nombres o si uno de ellos fue al que luego llamaron
Niño Dios. Hillel el Viejo.
Título: Después de Auschwitz
Autor: Hilario J. Rodríguez
Editorial: Silex Ediciones
Publicado: 2026
Páginas: 96
