“La máscara
de la muerte y otras historias”
es uno de esos libros que uno abre sin grandes expectativas y termina leyendo
con placer, una lectura que sorprende por su elegancia.
H. D. Everett,
autora poco recordada en la actualidad, nos ofrece un conjunto de relatos que
no buscan el sobresalto fácil, sino esa inquietud que nos va poseyendo
lentamente, como una corriente fría que recorre la habitación sin que sepamos
de dónde viene.
Lo primero que me
llama la atención es el tono. Everett escribe con una sobriedad muy británica,
sin adornos innecesarios, pero con una sensibilidad que se hace patente entre
líneas. Sus historias no son truculentas ni sangrientas: son fantasmas que se
insinúan, presencias que se sienten más que se ven, objetos que guardan
memoria. Esa forma de narrar es la que hace que el terror encuentre aquí un
terreno cómodo, casi familiar.
Los relatos
funcionan como pequeñas ventanas a mundos donde lo cotidiano se tuerce
modificando lo que debería ser un día normal. En algunas, pesa el duelo, en
otros la culpa, en otros la simple sensación de que hay algo que no encaja del
todo. Everett no necesita grandes artificios: le basta una casa silenciosa, un
objeto antiguo o un recuerdo mal cerrado para levantar una atmósfera que nos atrapa.
La autora
destaca especialmente en su capacidad para crear ambientes. Uno siente el
crujido de las maderas, la luz tenue de una lámpara, el aire detenido de una
habitación donde ha pasado algo que nadie quiere nombrar. Esa ambientación es
quizás lo que más te hace disfrutar de su lectura: la sensación de estar
leyendo historias que podrían haber sido contadas al calor de una chimenea, en
una tarde de lluvia.
Como toda
antología, hay relatos más memorables que otros, pero incluso los más discretos
mantienen un nivel sólido. Personalmente me han gustado mucho “La máscara de
la muerte” y “El teléfono”, son de esos relatos que siguen acompañándote
incluso después de leer el libro, una sensación que no asusta, pero sí te inquieta,
aunque con elegancia.
En conjunto, es un libro perfecto para disfrutar de los cuentos de fantasmas clásico, aunque nunca hayamos leído uno. Hay que leerlo con calma para disfrutar de su atmósfera dejando la sensación de que se recupera una voz literaria que estaba un poco perdida.
