La carretera es una de las novelas más crudas y al mismo
tiempo más sensible de Cormac McCarthy, una historia donde la destrucción de la
Tierra convive con la esperanza, que es representada por un niño.
En un paisaje reducido a cenizas tras un cataclismo del que
no conocemos su origen, pero que podríamos especular que se trata de una guerra
atómica mundial, un padre y su hijo caminan hacia el otro extremo del planeta
por senderos desiertos, solitarios y devastados, convirtiéndolo en un viaje
donde la resistencia es la única manera de supervivencia.
Esa relación entre ambos protagonistas representa la memoria
viva de un mundo que se extingue con el padre y el símbolo de la inocencia, que
se niega a desaparecer incluso en un mundo desfavorable y agresivo con el niño.
Esa visión entre la brutalidad del mundo exterior y la pureza
interior del ser humano es el verdadero motor del relato. McCarthy escribe sin ornamentos
de manera escueta, el silencio es más importante que la palabra. Los diálogos son
breves y la narración avanza con un ritmo irregular que alterna momentos de
quietud absoluta con estallidos de verdadero peligro.
El mundo que describe es un paisaje quemado y árido, un
lugar peligroso donde los pocos supervivientes se matan entre sí llegando en
algunos casos al canibalismo, una barbarie en definitiva que ha echado raíces y
donde cada encuentro con otros supervivientes puede costar la vida, pero el
autor, no se recrea en ella, pero sí que lo utiliza como fondo para exponer cual
sería mínima ética a la que el ser humano puede llegar a mantener cunado todo está
perdido.
El padre lucha por mantener vivo a su hijo, pero también por
enseñarle que incluso en el fin del mundo hay que elegir el bien, aunque ese
bien sea apenas un gesto, una palabra o compartir un trozo de comida.
Como suelo hacer en mis lecturas comentadas, casi siempre destaco
si el libro me recuerda a libros anteriores y en este caso lo hago con “Soy
leyenda” de Richard Matheson (1954).
¿Qué tienen en común?
-La soledad en un mundo postapocalíptico, diferenciándose en
que mientras que Matheson construye un relato centrado en un único
superviviente; McCarthy, lo hace alrededor de la relación entre el padre y su hijo.
-Ambas exploran la extinción humana; “La carretera”
introduce una esperanza mínima en el niño; “Soy leyenda” plantea un mundo donde
la humanidad ya no tiene continuidad, ni remedio añadiría yo.
McCarthy nos hace meditar sobre el amor, la fragilidad y la
persistencia de la bondad en un mundo que ha perdido el rumbo.
La carretera, Premio Pulitzer de Ficción en 2007, es más que
una distopía o un relato postapocalíptico, es un canto fúnebre por la
civilización y, al mismo tiempo, una afirmación de que la humanidad puede
sobrevivir en su forma más elemental. Su grandeza reside en esa paradoja: en un
universo donde todo está perdido, McCarthy encuentra una luz mínima, casi imperceptible,
pero suficiente para que la humanidad pueda seguir avanzando.

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