Para entender
un poco más esta novela, es necesario comenzar por conocer a su autora Anna
Kavan.
Anna Kavan
es una de las figuras más enigmáticas y trágicas de la literatura del siglo XX,
su nombre real era Helen Emily Woods (Cannes, 1901).
Su vida fue
un laberinto tan oscuro y fragmentado como las propias páginas de “Hielo”.
Profundizar en su biografía ayuda a entender por qué escribía de esa forma tan
espectral.
Su vida
estuvo marcada por traumas severos y una infancia desoladora que moldearon su
literatura.
Hija de una
familia adinerada e imperturbable, sufrió de manera profunda el temprano
suicidio de su padre. Su madre, en un acto cruel de desapego, le prohibió
estudiar en Oxford y la forzó a casarse con un examante suyo.
Bajo su
nombre de casada (Helen Ferguson) publicó seis novelas convencionales y tras un
colapso mental severo en los años 30, decidió reinventarse; decidió teñirse el
pelo para adoptar una estética más sofisticada y cambió legalmente su nombre por
el de Anna Kavan (un personaje de sus propias novelas).
Kavan era
adicta a la heroína, aunque ella no veía la droga como un camino a la
autodestrucción, sino como la herramienta necesaria para soportar un mundo que
le resultaba intolerable. Murió en 1968 un año después de publicar “Hielo”. (Fuente: Editorial Trotalibros y
Wikipedia.)
“Hielo”, de
Anna Kavan, es una de esas novelas que parecen escritas desde los sueños: una distopía
helada y peculiar, porque es la mente del personaje la que convierte ese mundo en
materia narrativa.
Conforme avanzo
en la lectura, me encuentro con una sorpresa: la historia, lejos de ser convencional,
no describe los hechos, sino que me invita a sumergirme en ellos, a vivirlos y a
sentirlos; pasando a formar parte de ese mundo creado, un mundo inquietante y
profundamente sugestivo.
La premisa es
sencilla en apariencia, un mundo casi distópico que se congela, el hielo se
expande de manera imparable por todo el mundo y no sabemos exactamente porqué,
su autora no lo aclara, tal vez porque como el resto de los personajes, y el hielo
es uno más, es una metáfora.
Una chica
etérea, incapaz de defenderse a la que persiguen por paisajes devastados, joven,
frágil y que huye constantemente.
Un narrador y
un militar oscuro, el custodio, ambos obsesionados por la chica; el primero,
una persona fría y obsesiva, persigue a la muchacha con una mezcla de deseo,
necesidad y violencia; en ocasiones quiere salvarla y otras, dominarla, una
contradicción deliberada y perturbadora; el segundo, el custodio, un militar
autoritario que mantiene a la chica bajo su control.
Por último,
está el hielo que, a pesar de su belleza no deja de ser una catástrofe y que se
identifica con la purificación, la quietud y la muerte; ese hielo, omnipresente
y amenazante, es alegoría de la depresión, la fragilidad y la adicción, que
marcaron la vida de su autora.
Kavan no
escribe para dar explicaciones, lo hace para que nos sumerjamos en su historia,
avanzando como en un sueño que es fragmentario, circular y lleno de imágenes
que se repiten y se deforman.
La novela juega
deliberadamente con la indeterminación identitaria, de modo que el narrador y
el custodio pueden leerse como dos personajes distintos o como dos
manifestaciones de una misma figura masculina de poder y control. Kavan nunca
lo aclara, y esa ambigüedad es parte esencial de la experiencia lectora.
No es una
distopía al estilo “1984” de Orwell o “Un mundo feliz” de Huxley. No hay una lógica
estable, ni un sistema político detallado, ni una trama lineal, lo que hay es
un mundo blanco y quebrado, donde el hielo refleja el interior de los
personajes.
El libro es un laberinto
helado, conforme avanzo, retrocedo; me pierdo y vuelvo a encontrarme; pero no
es impedimento para no disfrutar de su lectura con una escritura casi
hipnótica. Kavan escribe imágenes que se quedan en mi memoria. Existe una
constante indeterminación, nada es del todo real ni del todo simbólico y todo
ello, rodeado de un clima emocional donde están presentes la ansiedad, la fragilidad,
la obsesión y el miedo. Cada escena parece un cuadro surrealista.
Algunos pasajes
se leen con dificultad, aunque se viven con intensidad. ¿Que cómo es posible
esto? Pues, por su intenso clima y ambientación que me ha recordado en
ocasiones a novelas como “Solaris”, y su clima psicológico o a “La carretera” y
la desolación emocional.
No es una
lectura fácil, lo reconozco, y si buscas una trama clara o una historia lineal,
no lo vas a encontrar, pero sí quieres una experiencia literaria distinta, con una
atmósfera densa, llena de simbolismo, de mundos distópicos no definidos y
narradores poco fiables. En su estructura, y salvando mucho las distancias, me
vuelve a recordar a otro libro: “Origami”, de Antonio San Lorenzo.
Si aceptas el reto de leerlo, encontrarás una novela poderosa, de esas que se leen más a flor de piel que con la cabeza. “Hielo” es una novela que no se parece a ninguna otra. Es breve, pero deja una huella larga. Su fuerza no está en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta: con una voz espectral, una imaginación desbordada y una sensibilidad que convierte el fin del mundo en un paisaje íntimo.
Autor: Anna Kavan
Prólogo: José Carlos Rodrigo Breto
Traductora: Ainize Salaberri
Editorial: Trotalibros
Publicado: 2023
Páginas: 216

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