Cuando se comienza a leer “La metamorfosis” de Franz
Kafka, tenemos la sensación de encontrarnos ante un libro simple, con un lenguaje
sencillo que evita adornos innecesarios. Su prosa directa, casi seca, describe
lo extraordinario, un hombre convertido en insecto, con la misma naturalidad
con la que otros narrarían un amanecer.
Esa naturalidad potencia lo absurdo de su obra. Conforme te
adentras en ella se hace más compleja pero apasionante al mismo tiempo ya que Kafka
no explica lo que sienten los personajes de forma clara y evidente y hace uso
de la emoción, los silencios, los gestos y unas reacciones tan simples que nos
obliga a completar aquello que no se cuenta.
La historia comienza con un puñetazo en la mesa: Gregorio
Samsa, un viajante agotado por una vida rutinaria y asfixiante, despierta
convertido en un insecto monstruoso. Kafka no se detiene en explicaciones
fantásticas; lo que le interesa es la reacción humana o inhumana que sigue al
relato que funciona como una radiografía de la alienación moderna.
Gregorio, que antes era el sostén económico de su familia, se
convierte de pronto en una carga vergonzosa e inútil, su transformación física
solo visibiliza una verdad que ya estaba ahí, quién era realmente, había
quedado en segundo plano o incluso desaparecido.
La frialdad con la que su familia se adapta a su nueva
condición es tan perturbadora como la metamorfosis misma.
Kafka escribe con rigor, pero se palpa la ansiedad, una que no
proviene de un peligro específico, sino de preguntas sobre el sentido de la
vida, la identidad, el propósito o la libertad.
La casa se vuelve un lugar espacio que angustia, la
comunicación brilla por su ausencia y la humanidad se revela frágil,
condicionada y en ocasiones cruel. Es una lectura que incomoda porque nos
obliga a preguntarnos qué queda de nosotros cuando dejamos de cumplir las
expectativas que otros esperan.
En apenas cien páginas, “La metamorfosis” logra ser
parábola, pesadilla y espejo y sigue siendo, más de un siglo después, una
lectura inagotable.

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